17 de Marzo, festividad de San Patricio y por supuesto día grande en Irlanda y entre los irlandeses.
Ser "cabezón" o testarudo como queramos decirlo, no siempre, pero si muchas veces tiene su premio y hablo por mi propia experiencia a lo largo de los años.
De ruta por Italia, íbamos a realizar una breve parada en Parma. La capital de la región italiana "Emilia-Romaña" es famosa por su queso y también por su jamón pero en aquella breve escala yo tenía prioridades y que no pasaban precisamente por temas gastronómicos.
Mi afición a la lírica hace que en aquellas ciudades donde hay un teatro de prestigio ya sea por su actividad musical e historia o simplemente por su belleza arquitectónica, me gusta visitarlo y conocerlo personalmente.
El Teatro Regio de Parma que es su verdadero nombre, no es de los más grandes ni tampoco de los más espectaculares en su arquitectura y ornamentación, más bien habría que decir que es bastante sobrio. Sin embargo su público, el parmesano, pasa por ser uno de los más exigentes y conocedores musicalmente hablando y por ello de los más intransigentes a la hora de juzgar a los artistas.
Dentro de tres años se cumplirá el 200 aniversario de su fundación allá por 1.829 cuando el mismo se alzó por el empeño y voluntad de la duquesa María Luisa de Austria.
Con esta carta de presentación prosigo el relato y es que tras aparcar, nos vamos con un breve paseo hacia el teatro y una vez dentro me dirijo a la zona de taquillas para la compra de dos entradas con las que realizar la visita.
El jarro de agua fría fue tremendo, ese día el teatro estaba cerrado al público, había ensayos. Mi cara debía ser un poema y más cuando le comenté a la mujer de la taquilla que aunque fuera un par de minutos, que por favor nos permitiera acceder a la sala para contemplarla sin más; claro a todo eso me puse un poco melodramático comentándole que venía desde Barcelona a propósito para conocer aquel templo lírico.
La mujer no transigió, pero por allí apareció alguien que se interesó por lo que estaba aconteciendo. Tras presentarme y comentarle que nos íbamos aquel mismo día de Parma y nos íbamos a quedar con las ganas de conocer el teatro, el hombre habló con la "taquillera" y nos instó a seguirlo.
Mientras avanzábamos a su lado por las dependencias del edificio le fui comentando mi amor hacia la ópera y me identifique como verdiano y además venerador de Alfredo Kraus; aquello hizo que al hombre se le "disparara" la lengua cosa que nosotros agradecimos muchísimo.
Aquel personaje bien entrado en años, había sido el responsable de los tramoyistas del Teatro Reggio pero también había trabajado en el teatro del Liceo barcelonés e incluso con Kraus en algunas representaciones donde el artista canario había actuado.
Tras la charla y una visita breve, pero más que suficiente al interior del teatro (solo para nosotros), me fui de Parma como un niño con zapatos nuevos, agradecido y muy feliz.
Esta es una de las poquitas fotos que hice en el interior de la sala para tampoco abusar; mientras, el locuaz anfitrión seguía departiendo con Merche como puede verse, en el patio de butacas.
Esta ha sido una de tantas batallitas que he pasado por mi admiración hacía la ópera, ya veis cada cual con sus locuras.

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