Mientras conducía y a sabiendas de la hora a la que se iba a poner el sol en nuestro destino final, pensaba que igual con un poco de suerte quizás llegaríamos para ver la puesta de sol, es más, nos iríamos directamente a la playa y luego ya tendríamos ocasión de hacer el "chek-in" en nuestro alojamiento. Por cierto, este y otro en Polonia serían los únicos donde realizaríamos más de una noche, dos concretamente, el resto de nuestra ruta fue de dormir cada jornada en un sitio diferente para ir avanzando.
Yo no sé si os pasa a vosotros, da igual que el viaje sea en avión, en barco o por carretera, ¿no habéis tenido nunca esa sensación de "gustillo" y emoción cuando estáis a punto de volver a un lugar que os trae buenos recuerdos, por el motivo que sea?
A mí me sucede siempre que vuelvo a Galicia, supongo que tiene su lógica, es la tierra donde nací y me hice hombre pero quitado de circunstancias tan claras como esta, a veces un simple un lugar donde alguien ha veraneado o pasado temporadas, lo hace especial. Os digo esto ya que este sentimiento de emoción, además de Galicia el otro lugar donde lo experimento es en Normandía.
Con la de estos días, no sé si son cinco o seis las veces que he pisado esta tierra y por eso en aquel segundo día de vacaciones poco a poco me iba emocionando a medida que devoraba kilómetros con el coche sobre todo cuando ya leía carteles en la carretera que anunciaban la cercanía de “mi pueblo" normando, ese Etretat casi engullido por dos enormes acantilados.
Aparcamos junto a la playa principal y empezamos a caminar por el paseo marítimo para volver a escuchar nuevamente ese sonido tan peculiar y característico de los cantos rodados que cubren las playas de esta zona y que son mecidos por las olas para rozar contra la roca sobre la que se asientan.
Finalmente llegamos bien de tiempo para disfrutar de la puesta de sol y desde luego no fue una puesta de sol cualquiera, aquello fue un espectáculo que duró varios minutos y no como alguno podría pensar, por la belleza de ese sol en el horizonte a punto de desaparecer... que va, lo mejor estaba por llegar.
Ahora que muchos estáis leyendo esto prestarme atención, lo mejor de un amanecer o un atardecer no es cuando el sol se asoma o bien está a punto de desaparecer por el horizonte, para nada; en el caso del amanecer, como una media hora antes de que el sol aparezca podéis ver ya un cielo hermoso y en ocasiones unos colores sobre nubes que son puro espectáculo. Y en el caso de las puestas de sol, una vez que el sol ha desaparecido, puede surgir la magia de formas caprichosas con un colorido increíble de rosas y magentas.
Nosotros quisimos posar antes de que el sol se fuera pero luego vino lo mejor, un crepúsculo como no recuerdo otro en mi vida. Una delicia y todo un momento lleno de emoción que te hace sentir minúsculo.






