Conocía el encanto de la Toscana en diferentes épocas del año pero nunca en pleno verano, en pleno mes de julio. Aunque el calor era intenso al menos era seco y nada que ver con esa humedad propia de los veranos mediterráneos lo cual acarrea (al menos en un servidor) vivir en una continua transpiración, por decirlo finamente.
En dichas circunstancias una tarde me planteé como misión al día siguiente, darme un buen madrugón, sólo obviamente, cada cual tiene que ser consecuente con sus locuras y la socia no tiene culpa de las mías.
Era de noche todavía cuando despacio cerré la puerta por la que se accedía a nuestro alojamiento en la casa de "Agroturismo". La tarde anterior había estado visitando con el coche diferentes localizaciones para tener una buena perspectiva de lo que quería fotografiar y así, sin perder tiempo me dirigí hacia un punto de aquella carretera local donde un amplio arcén y a cierta altura me permitiría disfrutar de un agradable amanecer.
Sí uno va en el mes de mayo a esta región italiana de turismo afamado se encontrará rodeado de verdes en múltiples tonalidades y todo salpicado de millones de manchas rojas en forma de "papaveri" (amapolas), pero en el mes de julio el color por antonomasia y que lo inunda todo es una mezcla de naranjas y amarillos.
Las cosechas de cereales ya se han recogido y los campos de trigo vacíos se presentan ante los ojos del curioso mientras las cigarras comienzan con su canto característico a invadir el ambiente. Todavía no me había cruzado ni visto a nadie hasta que con el teleobjetivo de una de las cámaras pude observar a una considerable distancia como un pastor y su perro permanecían inmóviles junto al rebaño de ovejas que custodiaban y que a esas horas parecía que estaban desayunando el forraje con buen apetito.
Una de las singularidades del paisaje toscano es indudablemente el relieve que conforman cientos de pequeñas elevaciones a modo de colinas y en cuyas cimas a menudo encontramos hermosas casas de campo.
Desde mi atalaya observaba como entre ese cúmulo de colinas empezaban a colarse los primeros rayos de luz que a su vez recortan el paisaje en el que algo de niebla daba al mismo un cierto toque misterioso pero no exento de belleza.
No quise esperar a que saliera del todo el sol, esta luz MÁGICA tenía que conservarla así, como un pequeño perfume, sabía que en el momento que el sol apareciera toda esa magia iba a desvanecerse.
Aunque el día se estaba cargando para darnos otra jornada de calor intenso, este momento de paz y belleza al alba lo compensaba todo.
Con ese gran momento matutino me pareció que ya me había ganado el desayuno así que regresé al alojamiento para dar buena cuenta de un sencillo desayuno con una tostada de aceite de oliva acompañada de un delicioso capuchino.






